Por Franco Panzini

Elbaph: identidad y cambio

Dentro del presente arco, entre peleas, mitos, secretos y un poder que parece no conocer límites, surge algo que, quizás, sea uno de sus ejes fundamentales: la identidad de Elbaph.
Durante toda su historia, sus habitantes fueron conocidos como los temibles guerreros del mar, asociados al caos, la fuerza y la destrucción. Una imagen casi inseparable de aquello que significa ser un gigante. Pero… ¿realmente es así?
Harald, su último rey, cambió. Ida, rechazada por los sabios de Elbaph por considerarla impura, logró ablandarlo; encontró en ella otra forma de mirar el mundo e intentó ser distinto. Y hasta ahí, podemos decir, no hay nada necesariamente malo. Cambiar también forma parte de quienes somos. El problema aparece cuando nos preguntamos hasta dónde podemos hacerlo sin dejar de reconocernos en el proceso.
¿Cuán flexibles podemos ser sin rompernos?

Harald, cegado por aquello que creía necesario, terminó accediendo a cambiar. Y quizás allíestuvo uno de sus mayores errores: no en haber querido ser diferente, sino en haber permitido que aquello que debía transformarse dejara de pertenecerle, quedando como un rey sin voluntad.
Acá aparece algo profundamente humano, el deseo de cambiar para ser aceptados. Harald quiso ser diferente, pero en ese intento terminó alejándose de aquello que alguna vez lo definió.
Y entonces volvemos a Elbaph.
El orgullo de una nación buscando alternativas para pertenecer a un mundo cada vez más roto.
Oda parece llevarnos, una vez más, hacia una idea que excede a los gigantes: cambiar no significa renegar de quienes somos. Adaptarnos no debería implicar desaparecer. Podemos permitir que otras personas, experiencias e ideas nos transformen, pero también necesitamos conservar aquello que nos permite reconocernos.

Porque quizás la verdadera fortaleza no esté en permanecer siempre iguales, ni tampoco en transformarnos hasta convertirnos en alguien irreconocible.
Quizás esté en poder cambiar sin rompernos.

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